Temporada 1 · Capítulo 3 · 19:37
Lazos de sangre
El viaje no es lo que Maeva esperaba. Nasser la ha llevado a la casa de quien dice ser su padre de sangre, Yusuf. Ambos intentan convencer a la periodista de que es originaria de aquél lugar y quieren que regrese a la familia de la que nunca debió salir. Karima, la esposa de Yusuf, le cuenta toda la verdad…
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Sinopsis
Contiene detalles de la trama de este capítulo.
El viaje no es lo que Maeva esperaba. Nasser la ha llevado a la casa de quien dice ser su padre de sangre, Yusuf. Ambos intentan convencer a la periodista de que es originaria de aquél lugar y quieren que regrese a la familia de la que nunca debió salir. Karima, la esposa de Yusuf, le cuenta toda la verdad…
La llegada a la casa de Yusuf introduce un conflicto que afecta directamente a la identidad de Maeva. Lo que debía ser una sorpresa de Nasser se convierte en un relato sobre sus orígenes y sobre una familia que reclama su regreso. La protagonista debe enfrentarse a versiones de su pasado que otros quieren definir por ella. En ese contexto, las palabras de Karima resultan esenciales para comprender lo que está sucediendo. El episodio desplaza la tensión del trayecto hacia los vínculos familiares y la confianza: quién cuenta la verdad, quién pretende decidir sobre su vida y qué lugar ocupa su propia memoria en esa explicación. El título resume una cuestión que atraviesa todo el capítulo: el parentesco no basta para resolver lo que significa pertenecer a una familia.
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Transcripción parcial
Fragmento de la transcripción automática publicada en iVoox. Puede contener errores; no sustituye al guion original.
Leer la transcripción disponible en iVoox ↗Era pequeña, caminaba hacia el colegio de la mano de mi padre.
Me gustaba saltar sobre las hojas caídas de los árboles que amanecían desparramadas todas las mañanas en la acera, sobre todo las que estaban crujientes.
Siempre contaba las que se despedazaban en varios trocitos cuando las pisaba, como si fueran moldes de escayola.
Cuando encontraba más de 50 hojas crujientes al día en el trayecto desde casa hasta la escuela, significaba que estábamos cruzando el ecuador del otoño.
Tenía las manos y las mejillas frías, olía humedad en el ambiente por el rocío que se disipaba según avanzaba la mañana.
En el camino, siempre parábamos en el mismo semáforo hasta que escuchaba el sonido intermitente que avisaba a los peatones invidentes que podíamos cruzar la calzada.
Ese ruido me recordaba a una mezcla entre el piar de un gorreón y el silbido de un niño.
Más rápido y más estresante cuanto menos tiempo quedaba para cerrarse el disco.
Mi padre siempre me describía a los coches que estaban parados en primera fila, los que nos miraban cruzar.
Me decía que, como siempre estábamos en ese paso de peatones a la misma hora, muchas veces coincidíamos con los mismos conductores y nos saludaban sin conocerlos.
Sobre todo nos familiarizamos con dos vehículos.
Si no los veíamos a la primera, esperábamos otra vez a que el semáforo parase la circulación a ver si los encontrábamos en la siguiente ocasión.
Mi padre decía que uno de esos coches era grande, un monovolumen, con una pareja joven en los asientos delanteros, tres niños detrás y un pequeño yorksai que asomaba la cabeza por la ventanilla del copiloto y siempre ladraba al vernos.
Las mañanas que coincidía que paraban delante de nosotros pitaban tres veces, con tonos muy cortos, para que los reconociera sin que papá me dijera nada.
El otro coche que nos saludaba era un descapotable, que iba con el techo siempre recogido, y si era frío o calor, y con música de Britney Spears o de las Spice Girls a todo volumen.
Lo conducía un hombre, también joven, y en la parte de atrás llevaba a su hija, preadolescente, y siempre con gafas de sol oscuras.
Papá creía que la niña también era invidente y por eso le gustaba sentir el aire en la cara.
El camino lo decoraban centenares de árboles, firmes, ante el paso de los peatones y los vehículos.
También me contaba que las mismas hojas que abandonaban las ramas de los árboles antes de caer se desdibujaban como cuando nos abandonaba el calor del verano.
Me decía que había un momento donde los colores de las hojas no se ponían de acuerdo y cada árbol lucía en su copa tonalidades dispares entre sí.
Me explicaba cómo era la pigmentación de cada una y los comparaba con la intensidad de un abrazo.
Los árboles que tenían las hojas de color verde los comparaba con un abrazo alegre, fresco, enérgico.
El inicio de un reencuentro con alguien con el que tienes muchas cosas pendientes que hacer.
Los árboles que tenían las hojas amarillas los comparaba con el abrazo de un abuelo más tranquilo y pesado, pero nostálgico y satisfecho, sabiendo que en un futuro no muy lejano desaparecerán.
Siempre echo de menos tener un abuelo.
Los árboles que tenían hojas rojas eran como el abrazo de un amante, pasional y cálido.
Aunque también decía riendo que tenía que tener cuidado con las hojas rojas del suelo, porque resbalaban.
Los árboles sin hojas los asemejaba al abrazo que no quieres dar, frío, triste y no correspondido.
Todos los días mi padre me llevaba a la puerta del colegio y me dejaba allí con mi bastoncito de plástico blanco.
El bastón de color rojo era designado para personas ciegas y también sordas.
Incluso había otro color para los bastones, el color verde, estaba dedicado para las personas con baja visión.
Gracias a las metáforas de mi padre y las hojas de los árboles, entendía cómo podía ser la fuerza de los colores.
Después de que papá me diera siempre un beso en la frente como despedida, me quedaba sola, sonriente, en la fila de clase para entrar al aula.
Siempre me ponía en la primera y eso me hacía sentirme especial.
Cuando estaba esperando para escuchar la sirena y acceder al interior de la escuela, podía oír el sonido al que acostumbraba, parecido al que hace un barco al atracar en un puerto.
Escuché un canto árabe que no entendía.
Me desperté.
La llamada a la oración me sacó de mis sueños.
Se escuchaba a través de los altavoces de una mezquita que no debía estar demasiado lejos.
Y me desvelé.
Melódico, sagrado, casi mágico.
Me recordaba a una saeta o a un cantaor flamenco.
Créditos de la serie
- Guion y dirección
- Alejandro Paniagua
- Producción ejecutiva
- Charlie Arnaiz y Alberto Ortega
- Productora
- Dadá Films & Entertainment
- Voces del reparto principal
- Candela Villarejo (Maeva Nazari), Claudio Serrano y María Pérez
Créditos generales de Seré tus ojos. Consulta el reparto y las participaciones especiales de la producción.
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